Vasos de barro: la belleza de lo imperfecto

Dos rollos de notas de la misma frase musical: arriba, tocada por una persona, con notas ligeramente desfasadas y de distinta intensidad; abajo, cuantizada, con todas las notas alineadas a la cuadrícula y la misma intensidad

Serie «La degradación de las artes» · Parte 4 de 4. Partes anteriores: Cuando el arte buscaba la belleza, ¿Por qué la música suena cada vez más igual? y Los álbumes que nos marcaron.

Hay una paradoja en todo lo que hemos visto en esta serie. Nunca en la historia se había grabado música con tanta precisión como hoy. Cada nota afinada, cada golpe de batería en su lugar, cada voz pulida. Y, sin embargo, mucha de esa música nos deja fríos. En cambio, aquellos discos de los 70 y 80, grabados en cinta, con músicos tocando en vivo en el estudio, todavía nos conmueven.

¿Por qué? Creo que la respuesta tiene que ver con algo que solemos ver como defecto: la imperfección.

La era de la corrección perfecta

Hoy cualquier programa de grabación permite corregir casi todo. La afinación automática, popularizada a finales de los 90 con el famoso Auto-Tune, lleva cada nota de la voz a su tono exacto. La cuantización mueve cada nota y cada golpe de batería a una cuadrícula perfecta. Y la edición digital permite armar una interpretación «ideal» juntando pedacitos de muchas tomas.

Dos rollos de notas de la misma frase musical: arriba, tocada por una persona, con notas ligeramente desfasadas y de distinta intensidad; abajo, cuantizada, con todas las notas alineadas a la cuadrícula y la misma intensidad

El resultado es impecable, pero muchas veces suena mecánico. Tanto, que los mismos programas incluyen una función llamada «humanizar», que vuelve a desacomodar un poquito las notas para que no suenen tan perfectas. Es decir: primero le quitamos lo humano a la música y luego le pedimos a la máquina que lo imite.

Lo que la cinta sabía

Quienes trabajamos con audio sabemos que la cinta analógica tenía un comportamiento muy particular. Cuando la señal se pasaba del límite, la cinta no la cortaba en seco: la redondeaba poco a poco. Esa saturación agregaba armónicos suaves que el oído percibe como calidez. En el audio digital, en cambio, al rebasar el límite la onda se corta de golpe, y eso suena áspero.

Dos ondas que rebasan el límite: en la cinta analógica los picos se redondean suavemente; en el recorte digital los picos se cortan en seco

Hace un tiempo lo escribí a propósito de Town to Town de Phil Keaggy: los algoritmos que simulan lo analógico en el dominio digital hacen buen trabajo, pero es imposible clonar todas las texturas que añade cada componente analógico en la cadena del audio, porque son producto de sus imperfecciones. O sea, son de a de veras. Lo que la técnica considera un defecto es justamente lo que nos hace sentir que hay algo vivo en la grabación.

Lo mismo pasa con la fotografía

Lo he comprobado también detrás de la cámara. Una cámara digital moderna capta imágenes limpísimas, sin grano y con una nitidez que antes era impensable. Y, sin embargo, muchas veces esas imágenes se sienten frías, «demasiado digitales».

Por eso muchos fotógrafos hacemos lo mismo que los músicos con la función de «humanizar»: buscamos devolverle a la imagen algo de lo que tenía la película. En Lightroom uso perfiles que emulan películas como Kodachrome, Ektachrome o Fuji, y hay quienes agregan grano a propósito. Lo que la película tenía por limitación química (el grano, los colores un poco fuera de lo neutro, la manera suave en que se saturaban las luces) hoy lo apreciamos como textura y carácter.

Pasa lo mismo con los filtros que alisan la piel hasta dejarla como de plástico: el rostro queda «perfecto», pero ya no parece una persona. Y al revés: la foto mía de 1987 que compartí en la entrega anterior, con su grano, sus colores de revelado de los 80 y hasta el reflejo del flash, transmite toda una época precisamente por sus imperfecciones.

Yo también he corregido errores

No hablo desde afuera. Cuando grabamos «Lo prometiste», con la voz de Blanca como guía, toqué el piano eléctrico con mi guitarra a través de un convertidor MIDI. Ese sistema necesita notas muy limpias, y mi técnica no lo era: se colaban notas falsas y trasteos que el convertidor no entendía. Después, en el programa de grabación, corregí nota por nota todos esos errores. La canción terminada es la que muchos conocen; el video original, con todo y errores, también lo compartí.

Ese mismo sistema me enseñó algo. Con la cuerda, la guitarra suena como le des. Con el sintetizador, en cambio, tienes que ser lo más preciso posible, y eso me ayudó a mejorar mi digitación. La tecnología puede ser una aliada para crecer en el oficio.

Pero también recuerdo los años 90, cuando trabajaba en Ciudad del Carmen y grababa por las tardes con una grabadora Fisher de doble casetera. Grababa una base en un casete y luego tocaba encima mientras la copiaba al otro. No había las facilidades de hoy, pero esas grabaciones tienen algo que no se puede fabricar. Igual que los momentos en que, improvisando, me viene una alabanza espontánea y la grabo como sale, aunque tenga que pedir perdón por el audio.

Corregir no es pecado. El problema empieza cuando la perfección técnica sustituye al alma, cuando ya no grabamos personas sino productos.

Imperfección no es descuido

Aquí conviene hacer una distinción importante, para no caer en el extremo contrario:

  • La imperfección humana es la huella de una persona real que crea con todo lo que tiene. El pulso que respira, la voz que se quiebra en el momento justo. Nos identificamos con ella porque somos criaturas limitadas.
  • El descuido es renunciar al oficio: no ensayar, no prepararse, conformarse con lo mínimo. Eso no es humano ni auténtico; es simplemente pobreza.

Los discos que tanto admiro no eran descuidados. Eran obras de músicos que dominaban su instrumento, de arreglistas y productores exigentes. Su imperfección era la de la excelencia hecha por manos humanas. La Escritura pide las dos cosas: «hacedlo bien» (Salmo 33:3), con el corazón y con destreza.

Los japoneses tienen un arte que lo ilustra muy bien, el kintsugi: cuando una vasija de cerámica se rompe, la reparan uniendo los pedazos con oro. No esconden las grietas; las convierten en lo más hermoso de la pieza.

Vasos de barro

Esa imagen nos lleva directo a la Palabra. Pablo escribió:

«Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros».

2 Corintios 4:7

Dios no escogió vasos de oro para llevar su tesoro. Escogió barro: frágil, común, imperfecto. Y lo hizo a propósito, para que se viera que la gloria es suya. Al mismo Pablo, cuando pidió ser librado de su debilidad, el Señor le respondió: «Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Corintios 12:9).

Jeremías bajó a la casa del alfarero y vio que «la vasija de barro que él hacía se echó a perder en su mano; y volvió y la hizo otra vasija, según le pareció mejor hacerla» (Jeremías 18:4). El Alfarero no tira el barro imperfecto: lo vuelve a trabajar. Y Pablo le dice a Timoteo que en una casa grande hay utensilios de oro y de plata, pero también de madera y de barro, y que el que se limpia «será instrumento para honra, santificado, útil al Señor» (2 Timoteo 2:20-21). No importa el material, sino la disposición.

Por eso los músicos de los que hablé en la entrega anterior me siguen impactando. No eran perfectos; algunos tuvieron vidas difíciles y finales trágicos. Pero fueron vasos de barro llenos de un tesoro, y su obra sigue hablando. Mientras tanto, como dice la versión Dios Habla Hoy, «los conocimientos y la profecía son cosas imperfectas, que llegarán a su fin cuando venga lo que es perfecto» (1 Corintios 13:9-10). La perfección completa no es de este mundo; es la que esperamos.

Lo que nos queda

Cierro esta serie con algunas aplicaciones para quienes servimos con las artes en la iglesia y para cualquiera que ame lo bello:

  1. Valorar el oficio. Formar músicos, cantantes y creativos con disciplina, como los levitas «instruidos en el canto para Jehová» (1 Crónicas 25:7).
  2. No confundir sencillez con pobreza. Un canto sencillo puede ser hermoso; uno descuidado no honra a Dios.
  3. Preferir lo verdadero a lo pulido. Usar la tecnología como herramienta, no como sustituto del alma.
  4. Conocer la herencia. Escuchar a Bach, los himnos clásicos y los discos que marcaron a una generación, como escuela de excelencia.
  5. Medir el arte con Filipenses 4:8, no con el número de reproducciones: todo lo verdadero, honesto, justo, puro, amable y de buen nombre, «en esto pensad».

El arte puede degradarse cuando pierde su rumbo, pero no tiene por qué ser así entre nosotros. Podemos volver a ofrecer a Dios una obra excelente, hecha por vasos de barro, para que la gloria sea solo de Él.


Serie completa «La degradación de las artes»: 1. Cuando el arte buscaba la belleza · 2. ¿Por qué la música suena cada vez más igual? · 3. Los álbumes que nos marcaron · 4. Vasos de barro: la belleza de lo imperfecto.

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