Cuando el arte buscaba la belleza

Pintura de Rembrandt: un padre anciano abraza a su hijo arrodillado y harapiento, iluminado en medio de la penumbra

Serie «La degradación de las artes» · Parte 1 de 4

Hubo un tiempo en que un escultor pasaba años frente a un bloque de mármol hasta que la piedra parecía respirar. Un compositor escribía una obra de dos horas para la Semana Santa y la dedicaba «solo a Dios». Un novelista retrataba el alma humana con tal profundidad que sus páginas siguen leyéndose cuatro siglos después.

Hoy, en cambio, una banana pegada con cinta adhesiva a una pared puede venderse en un museo por cifras millonarias. ¿Qué pasó? ¿Es solo nostalgia, o el arte realmente perdió algo en el camino?

En esta serie de cuatro artículos quiero reflexionar sobre lo que podríamos llamar la degradación de las artes: en la escultura, la pintura, la literatura y, de manera especial, en la música, incluida la música cristiana. Empezamos por la raíz del problema.

La belleza como meta

Durante siglos se dio por sentado que el arte tenía una meta: la belleza. Y la belleza no era un capricho del gusto, sino un reflejo del orden que Dios puso en su creación. La primera obra de arte que registra la Biblia es la creación misma:

«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera».

Génesis 1:31

El Predicador lo resume en otra frase: Dios «todo lo hizo hermoso en su tiempo» (Eclesiastés 3:11). Si el universo es obra de un Artista, entonces el ser humano, hecho a su imagen, también crea. Y cuando crea bien, su obra apunta más allá de sí misma.

La Piedad de Miguel Ángel: María sostiene en su regazo el cuerpo de Cristo, esculpido en mármol blanco
Miguel Ángel, La Piedad (1498–1499), Basílica de San Pedro. Foto: Stanislav Traykov, CC BY 2.5, vía Wikimedia Commons.

Miguel Ángel tenía apenas 24 años cuando terminó La Piedad. Del mármol de Carrara sacó los pliegues del manto de María, la tensión del cuerpo sin vida de Cristo y una serenidad que ha conmovido a millones de personas durante más de cinco siglos. No necesitaba un texto explicativo al lado: la obra habla sola.

El arte como termómetro de una época

El arte nunca nace en el vacío. Expresa lo que una cultura cree sobre Dios, el hombre y el mundo. Tres pensadores lo han explicado con claridad:

  • El teólogo Francis Schaeffer, en su libro ¿Cómo debemos vivir entonces?, muestra que cuando el pensamiento occidental abandonó la idea de un Dios personal que da unidad y sentido a todo, el arte empezó a expresar fragmentación, desesperanza y absurdo.
  • El historiador del arte Hans Rookmaaker, en El arte moderno y la muerte de una cultura, lee la pintura moderna como un síntoma espiritual: cada nueva corriente refleja una visión del mundo un poco más disuelta.
  • El filósofo Roger Scruton, en su documental Why Beauty Matters (2009), sostiene que la belleza fue durante siglos una puerta hacia lo sagrado, y que en el siglo XX fue sustituida por la originalidad, la provocación y la utilidad.

Los tres llegan a la misma conclusión: la crisis del arte es, en el fondo, una crisis de fe y de sentido. Si no hay un orden trascendente, ya no hay nada hacia lo cual apuntar.

Dos cuadros, dos visiones del mundo

Compare estas dos pinturas. Las separan menos de 250 años, pero parecen venir de mundos distintos.

Pintura de Rembrandt: un padre anciano abraza a su hijo arrodillado y harapiento, iluminado en medio de la penumbra
Rembrandt, El regreso del hijo pródigo (c. 1668). Dominio público.
Pintura de Kazimir Malévich: un cuadrado negro sobre fondo blanco agrietado
Kazimir Malévich, Cuadrado negro (1915). Dominio público.

Rembrandt pintó al final de su vida, pobre y después de haber enterrado a casi toda su familia, la parábola de Lucas 15. La luz cae sobre las manos del padre: una más fuerte, otra más suave. Los pies del hijo, sucios y lastimados, cuentan el viaje entero. Es una predicación sin palabras sobre la gracia.

Malévich, por su parte, presentó su Cuadrado negro en 1915 como el «grado cero» de la pintura. No representa nada; lo colgó en la esquina superior de la sala, el lugar que en las casas rusas ocupaban los íconos religiosos. El gesto era deliberado: el vacío ocupando el lugar de lo sagrado.

Dos años después, en 1917, Marcel Duchamp envió a una exposición en Nueva York un urinario de porcelana firmado con un seudónimo y lo tituló La fuente. Con ello declaraba que cualquier objeto es arte si el artista así lo decide. Hoy se le considera una de las obras más influyentes del siglo XX.

El mismo giro en todas las artes

Lo que ocurrió en la pintura se repitió en las demás disciplinas: del dominio del oficio se pasó al peso del concepto, y de la búsqueda de lo bello a la ruptura de lo establecido.

DisciplinaCumbre clásicaGiro modernoQué cambió
EsculturaMiguel Ángel, Bernini (s. XVI–XVII)Duchamp, La fuente (1917)El objeto vale por la idea, no por la mano del artista
PinturaRembrandt, Vermeer (s. XVII)Malévich, abstracción, arte conceptualLa técnica cede ante la expresión subjetiva
MúsicaBach, Mozart, Beethoven (s. XVIII–XIX)Atonalismo de Schoenberg (1908); 4′33″ de John Cage (1952), cuatro minutos de silencioSe rompe la armonía y, al final, el sonido mismo
LiteraturaCervantes, Shakespeare, DostoievskiTeatro del absurdo (Beckett)Del relato con sentido al relato del sinsentido

Conviene ser justos: no todo el arte moderno es degradación, y en el siglo XX también hubo genios. Pero el rumbo general sí cambió. Dejó de suponerse que el arte debía elevar al ser humano y acercarlo a lo verdadero.

¿Y nosotros?

Para el creyente, esta historia no es solo un tema de museos. Cuando Dios mandó construir el tabernáculo, llenó a Bezaleel «del Espíritu de Dios, en sabiduría y en inteligencia, en ciencia y en todo arte» (Éxodo 31:3). La destreza artística es un don, y la belleza, una forma de dar testimonio del Creador.

Pablo nos da además un criterio sencillo para medir lo que vemos, escuchamos y hacemos: todo lo verdadero, honesto, justo, puro, amable y de buen nombre, «en esto pensad» (Filipenses 4:8).


En la próxima entrega: «¿Por qué la música suena cada vez más igual?». Veremos qué dicen los estudios sobre la simplificación de la música popular, el papel del mercado y el streaming, y la llamada «guerra del volumen».

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