Serie «La degradación de las artes» · Parte 3 de 4. Partes anteriores: Cuando el arte buscaba la belleza y ¿Por qué la música suena cada vez más igual?.
En las dos entregas anteriores hablamos del arte y de la música en general. En esta quiero hacer algo distinto: contarles mi propia historia con la música que me formó. Porque cuando digo que la música de finales de los 70 y principios de los 80 fue de lo mejor que se ha hecho, no lo digo solo por lo que dicen los estudios. Lo digo porque la viví.
Un casete en la camioneta
En 1984 a mi padre le regalaron una camioneta Ford muy lujosa, para suplir una necesidad del ministerio. Tenía un sistema de sonido Pioneer muy bueno, y dentro venía un casete. Yo estaba terminando la primaria, tenía 12 años y hacía mis pininos con la guitarra. A nadie más en la casa le atraía esa música en inglés, y menos el pop rock de la época, así que el casete fue para mí.
Era el álbum Riders in the Sky (1983) del grupo David and the Giants. Lo tuve por años, hasta que se me perdió. Hace poco lo encontré en YouTube y, después de más de 30 años sin escucharlo, me di cuenta de lo bien grabados que tengo en la memoria los arreglos, los solos y hasta las frases en inglés que solo repetía. El riff de «King of the Jews» lo tocaba y lo tocaba en mi guitarra JOM de Paracho, con cuerdas de nylon: ni eléctrica, ni amplificador, ni efectos. Pero durante la secundaria era mi «wow». David and the Giants fue mi primer referente.
De dónde salió esa música
Con los años entendí que esos discos no eran casualidad. Eran el fruto de algo mucho más grande: el Movimiento de Jesús (Jesus Movement). De los movimientos de contracultura de los 60 y 70, muchos jóvenes que buscaban respuestas en las drogas, las filosofías orientales y la vida de excesos encontraron la Verdad en el Evangelio de Cristo.
En California, el pastor Chuck Smith y su iglesia Calvary Chapel abrieron las puertas a esos jóvenes que rechazaban todo lo establecido, incluida la religión. De ahí nació la disquera Maranatha Music. El nombre no fue casual: el ambiente del mundo hacía que el mensaje del pronto regreso del Señor estuviera presente en todo, y la música estaba impregnada de él. Maranatha fue una plataforma muy importante para el movimiento de Alabanza y Adoración que cobró auge en los 80.
De ese mover salieron muchos de los músicos que me marcaron: Bob Hartman, fundador de Petra; Phil Keaggy; Keith Green; Mylon LeFevre, quien desde entonces ha sido ministro. Y también músicos que ya tenían una carrera en el rock secular, como Kerry Livgren, de Kansas.
Livgren había escrito «Dust in the Wind», considerada una de las mejores canciones de la historia del rock. Refleja claramente su creencia nihilista de aquella época: «solo somos polvo en el viento». Después conoció el Evangelio. Allá por 1986, uno de mis amigos en Díaz Ordaz me prestó un disco suyo, y la canción «No Standing» me dejó flipando. Hay quienes la ven como la contraparte de «Dust in the Wind»: el propósito frente al sinsentido.
Más tarde, John Elefante, quien fue vocalista de Kansas, y su hermano Dino se convirtieron en productores cristianos. Ellos produjeron a Petra a partir de Back to the Street (1986), una asociación que duró bastante tiempo.
Discos que había que buscar
Hoy, con Spotify y YouTube, tenemos a la mano la obra completa de cualquier artista. Pero en los 80, en México, conseguir esta música era toda una aventura. Estábamos atenidos a lo que las disqueras cristianas distribuían, y las producciones llegaban con cuatro o cinco años de retraso.
Siendo hijo de pastor, no tenía los medios para hacerme de mi propia colección. La música que escuché en aquellos años fue gracias a amigos que generosamente me prestaban sus casetes. Siempre los tengo presentes: gracias, Sergio y Moisés Salazar; gracias, Rubén e Isaías Verástegui. Su pasión por la música, su buen gusto y su amabilidad, aun siendo yo algo menor que ellos, me dejaron un buen legado de gusto musical. Por ellos conocí a Michael Card, Phil Keaggy, Petra, Mylon LeFevre, Kerry Livgren, Rich Mullins y tantos otros.
Cada disco propio que llegaba a mis manos tiene su historia:
- 1987, Tampico. En la Iglesia Emanuel, unos hermanos jóvenes de Querétaro me vieron tocar la guitarra y me compartieron en casete Cántico de Libertad (1982) de Alejandro Alonso. Así conocí su obra, a la que doy un lugar muy especial entre mis músicos favoritos, y de los pocos en español.
- 1988, Matamoros. Estudiaba en Ciudad Madero y mi papá me llevó a la boda de mi tía Mirthala en la iglesia El Sendero de la Cruz. En la librería de la iglesia encontré el casete The Wind and the Wheat de Phil Keaggy, de la serie instrumental Colours de Maranatha Music. Hasta hoy es mi álbum favorito de guitarra instrumental.
- 1990, carretera Mérida–Cancún. Viajando con mi papá por la carretera libre, se detuvo en una librería cristiana de un pueblo que ya no recuerdo. Ahí me encontré otra joya: El Maestro y el Músico, una reedición del álbum que Keaggy grabó originalmente en 1978.
- 1995, ya con discman. En la librería Shalom, aquí en Campeche, conseguí Sunday’s Child, grabado en 1988.

Escuchar a Petra, a Mylon LeFevre and Broken Heart o a Phil Keaggy tampoco era sencillo en casa. En los 80, en muchos lugares se condenaba esa música, y a mi papá no le gustaba. Así que la escuchaba con audífonos.

Lo que tenían esos discos
¿Qué hacía tan especial a esa música? Con los años, y con algo más de conocimiento musical, lo puedo explicar mejor.
Primero, la producción. Había productores cuyo nombre en los créditos era garantía. Cuando veía el nombre de Keith Thomas, sabía que ese disco estaba muy bueno: produjo los discos más icónicos de Carman y participó en la producción de Heart in Motion de Amy Grant. Lo mismo los hermanos Elefante con Petra. Hasta hoy, cuando los escucho, admiro su genialidad.
Segundo, el sonido. Uno de mis ejemplos de referencia en calidad, tanto en lo musical como en la producción, es Town to Town de Keaggy, de 1981, mi disco favorito de él. Esa saturación de la cinta del máster, que le suma calidez a todo lo grabado con el arsenal analógico de aquellos tiempos, es inigualable. Los algoritmos que simulan lo analógico en el dominio digital hacen buen trabajo, pero es imposible clonar todas las texturas que añade cada componente analógico en la cadena del audio como producto de sus imperfecciones. Como decimos, son de a de veras.
Y tercero, el testimonio. Por años escuché «Your Love Broke Through» interpretada por Keaggy, con su guitarra inigualable. Un día Spotify me sugirió la versión de Keith Green, uno de sus autores. La interpretación de Keaggy es hermosa, pero la de Keith es de otra dimensión. Siendo una canción testimonial de su propia conversión, su voz transmite lo que el poder del amor de Dios hizo en su vida. Es el peso de las palabras de quien las expresa.
Las canciones testimoniales de esa época son únicas. Cómo han impactado mi vida esos hombres de Dios, sus testimonios e incluso la forma trágica en que algunos dejaron esta vida, como Keith Green, en un accidente de avión en 1982, o Rich Mullins, en un accidente en la carretera en 1997. Pero sus obras han trascendido y siguen impactando a miles de personas.
De la condena a los altares
Es curioso: la música que en los 80 se condenaba en tantas iglesias terminó ocupando un lugar en la adoración. Cada generación rompe el cascarón de la anterior. Petra siguió vigente en los 70, 80, 90 y 2000, y junto con otros redefinió la música cristiana contemporánea. Lo que empezó como un avivamiento entre los hippies se convirtió con el tiempo en una gran industria.
Después vino el impacto de Hillsong, y de repente las alabanzas en los altares de muchísimas iglesias alrededor del mundo se volvieron muy «hillsonianas». Hoy el estilo worship sigue teniendo mucha influencia, aunque me alegra ver a otros con estilos originales. Claro, siempre con límites: la Escritura nos indica orden.
Y aquí es donde conecto con lo que vimos en la entrega anterior. Cuando la música se volvió industria, empezó a parecerse a cualquier otra industria: fórmulas que funcionan, producción en serie y menos riesgo. Por eso escuchar hoy una producción como las de antes es algo muy raro. Raro, pero no imposible: John Elefante, con más de 40 años en la música cristiana, sigue haciendo música edificante y con mensaje, con producción, arreglos, músicos y sonido de primera. Y Keaggy sigue produciendo hasta hoy.
Vasos de honra
Cuando pienso en todos estos músicos, siempre vuelvo al mismo texto:
«Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios».
1 Pedro 4:10
Hay muchas personas que han bendecido mi vida con lo que Dios les dio. Me da gusto ver a los de Petra, ya viejitos, todavía dándole: sin las notas altas de antes, pero con la misma esencia, sirviendo a los demás con su don. Son, como dice la Escritura, vasos de honra en los que a Dios le plació depositar su gracia.
A los músicos de hoy les digo lo mismo que he dicho otras veces: oigan música, porque de la abundancia del corazón se expresarán. Y a mis amigos ochenteros: tengo mucha música por recomendar.
En la última entrega: «Vasos de barro: la belleza de lo imperfecto». Por qué una grabación perfecta puede dejarnos fríos, y por qué Dios elige vasos imperfectos para mostrar su gloria.

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