Serie «La degradación de las artes» · Parte 2 de 4. Si no leíste la primera parte: Cuando el arte buscaba la belleza.
Encienda la radio y cambie de estación varias veces. Es probable que tenga la sensación de haber escuchado la misma canción con distinto cantante: el mismo ritmo, los mismos cuatro acordes, el mismo sonido brillante y fuerte de principio a fin.
Durante años eso se descartó como una queja de personas mayores. «Cada generación dice que la música de los jóvenes es peor», se decía. Pero hoy tenemos algo más que impresiones: tenemos mediciones.
Lo que dicen los estudios
En 2012, un equipo de investigadores encabezado por Joan Serrà, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España, publicó en la revista Scientific Reports un análisis de cerca de medio millón de canciones grabadas entre 1955 y 2010. Usaron computadoras para medir la armonía, el timbre y el volumen de cada una. Encontraron tres tendencias claras:
- Menos variedad armónica. Las transiciones entre notas y acordes se han vuelto más restringidas y previsibles.
- Timbres más uniformes. La paleta de sonidos se ha homogeneizado: se usan combinaciones de instrumentos y texturas cada vez más parecidas.
- Más volumen. El nivel promedio de las grabaciones ha subido de manera constante.
Los autores llegaron a una conclusión casi irónica: una canción antigua podría sonar «nueva» y de moda si se le simplificaran los acordes, se le cambiara la instrumentación y se le subiera el volumen. Es decir, lo que hoy percibimos como novedad es, en buena medida, simplificación.
Canciones que no esperan
¿Recuerda aquellas introducciones de guitarra o de teclados que preparaban el ambiente antes de que entrara la voz? Están desapareciendo.

El investigador Hubert Léveillé Gauvin, de la Universidad Estatal de Ohio, analizó los éxitos del Top 10 de Estados Unidos entre 1986 y 2015. A mediados de los 80, la introducción instrumental duraba en promedio más de 20 segundos; en 2015, apenas unos 5 segundos. Es una caída de casi 80 %. En el mismo periodo, el tempo promedio aumentó cerca de 8 % y el título de la canción, que suele ser el gancho, empezó a escucharse antes.
La explicación tiene nombre: la economía de la atención. En la era del streaming, el oyente puede saltar a la siguiente canción con un toque, y las plataformas solo cuentan una reproducción cuando la canción supera los primeros 30 segundos. Si no engancha de inmediato, se pierde. La música ya no se compone para ser escuchada, sino para no ser saltada.
La guerra del volumen
Hay otro fenómeno que cualquiera que haya trabajado en un estudio de grabación conoce bien. Desde los años 90, los ingenieros comenzaron a comprimir y limitar cada vez más las grabaciones para que sonaran más fuertes que las de la competencia. A esto se le llamó «la guerra del volumen».

El problema es que el sonido digital tiene un techo que no se puede rebasar. Para subir el volumen sin pasar ese límite, hay que aplastar los picos: lo suave se vuelve fuerte y lo fuerte se recorta. Se pierde la dinámica, es decir, el contraste entre el susurro y el clímax que hace que una canción respire y emocione.
En una comparación rápida, lo más fuerte parece sonar «mejor». Pero después de unos minutos cansa el oído. Uno de los casos más criticados fue el disco Death Magnetic de Metallica (2008), cuyos propios seguidores se quejaron de la distorsión. Hoy las plataformas de streaming igualan automáticamente el volumen de todas las canciones, así que la carrera ya no tiene sentido. Aun así, la costumbre de masterizar «al máximo» sigue muy extendida.
La raíz: el mercado
Detrás de estas tres tendencias hay un cambio económico. Antes, un disco se compraba completo y se escuchaba de principio a fin, muchas veces con la portada y las letras en la mano. Eso permitía a los artistas construir obras con introducciones, interludios, cambios de ritmo y arreglos elaborados.
Hoy se paga por reproducción, se escucha en listas armadas por algoritmos y se compite por segundos de atención. El mercado premia la fórmula que ya funcionó, no la exploración. No es que falte talento; es que el sistema recompensa otra cosa.
¿Y en la iglesia?
La música cristiana no ha quedado al margen. Mucha de la música de adoración actual se produce con la misma lógica: estructuras repetitivas, pocos acordes y un sonido estandarizado. En parte eso tiene una razón legítima, pues el canto congregacional necesita que toda la iglesia pueda cantar. Pero sencillez no es lo mismo que fórmula.
La Escritura valora la destreza musical. Quenanías fue puesto para dirigir el canto «porque era entendido en ello» (1 Crónicas 15:22). El salmista exhorta: «Cantadle cántico nuevo; hacedlo bien, tañendo con júbilo» (Salmo 33:3). Y el Salmo 150 invita a alabar a Dios con trompeta, salterio, arpa, pandero, cuerdas, flautas y címbalos: una paleta de timbres rica y variada, todo lo contrario a la homogeneidad.
«Todo lo que respira alabe a JAH. Aleluya».
Salmo 150:6
Quizá la pregunta para nosotros no es si nuestra música suena «actual», sino si es hecha con excelencia, con el corazón y con todo el talento que Dios nos ha dado.
Siguiente entrega: «Los álbumes que nos marcaron». Un recorrido por la música cristiana de los 70 y 80, con Phil Keaggy, Petra, Keith Green y otros, cuando los discos se pensaban como obras completas.
Fuentes: Joan Serrà y colegas, «Measuring the evolution of contemporary western popular music», Scientific Reports (2012). Universidad Estatal de Ohio, «Has music streaming killed the instrumental intro?» (2017), sobre el estudio de Hubert Léveillé Gauvin en Musicae Scientiae.

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