Serie «Examinadlo todo» · Parte 5 de 9. Partes anteriores: ¿Qué es la verdad?, Madurar para discernir, Ni crédulos ni incrédulos y Lo que el pueblo quiere oír.
La iglesia de Pérgamo vivía en un lugar difícil. Jesús mismo le dice: «Yo conozco tus obras, y dónde moras, donde está el trono de Satanás» (Apocalipsis 2:13). Era una ciudad llena de templos paganos, y allí habían matado a Antipas, un testigo fiel. Aun así, la iglesia no había negado la fe. Resistía bien la presión de afuera. Pero el Señor vio algo que ellos no veían:
«Pero tengo unas pocas cosas contra ti: que tienes ahí a los que retienen la doctrina de Balaam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a cometer fornicación. Y también tienes a los que retienen la doctrina de los nicolaítas, la que yo aborrezco».
Apocalipsis 2:14-15
Una iglesia puede ser firme contra la persecución y, al mismo tiempo, tolerante con el error que crece adentro. El peligro no siempre viene de fuera. Hace un tiempo me preguntaba por qué hoy proliferan tantas doctrinas extrañas en las iglesias, y llegué a la conclusión de que prácticamente todas caben en estas dos: la de Balaam y la de los nicolaítas.
¿Quién fue Balaam?
Balaam no era un charlatán cualquiera. Era un profeta conocido, con un don real. Cuando Israel acampaba en los campos de Moab, el rey Balac le mandó llamar para que maldijera al pueblo, y le ofreció una buena recompensa. Balac pensaba que el don estaba a la venta: «yo sé que el que tú bendigas será bendito, y el que tú maldigas será maldito» (Números 22:6).
Dios le prohibió ir, y cuando por fin abrió la boca, no pudo maldecir. Sus propias palabras lo dicen todo: «¿Por qué maldeciré yo al que Dios no maldijo?» (Números 23:8). El verdadero profeta no tiene un poder propio; solo habla lo que Dios le da. Pero a Balaam le pesaba perder el premio. Si no podía maldecir a Israel, encontró otra manera de hacerle daño: le enseñó a Balac cómo hacerlo tropezar con la idolatría y la inmoralidad (Números 25 y 31:16).
Pedro lo resume así: Balaam «amó el premio de la maldad» (2 Pedro 2:15). Y Judas habla de quienes «se lanzaron por lucro en el error de Balaam» (Judas 11). La doctrina de Balaam es la que comercia con las cosas de Dios. Hace mucho énfasis en el dinero, y no le interesa la santidad del pueblo. Lo más triste es que muchos de los que caen en ella tuvieron un llamado genuino y se corrompieron.

Los nicolaítas: señores del pueblo
No sabemos mucho de los nicolaítas, pero su nombre, como han señalado muchos estudiosos, sugiere la idea de «vencer» o «dominar al pueblo». En el Antiguo Testamento, Israel cayó una y otra vez en el culto a los baales, y «baal» significa precisamente «señor» o «dueño». Es el mismo mal con otro nombre: alguien que se pone en el lugar que solo le pertenece a Dios.
Hoy lo reconocemos en enseñanzas que colocan al ministro por encima del pueblo, ejerciendo dominio y señorío. La honra se vuelve exigencia, y la exigencia se vuelve culto a la persona. Los dones se presentan como rangos de autoridad, y el rebaño de Dios termina tratado como propiedad. Jesús fue muy claro con sus discípulos:
«Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo».
Mateo 20:25-27
Pedro, que conocía bien la tentación del poder, pidió a los ancianos apacentar la grey «no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey» (1 Pedro 5:3). Y Juan tuvo que escribir de Diótrefes, «al cual le gusta tener el primer lugar entre ellos» (3 Juan 9). El liderazgo que agrada a Dios es de servicio, no autocrático ni egoísta.
Sin caer en el otro extremo
Aquí conviene ser equilibrados. Sostener la obra de Dios es bíblico: «así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio» (1 Corintios 9:14). Juan elogió a Gayo por recibir y ayudar a los obreros, «para que cooperemos con la verdad» (3 Juan 8). Y la autoridad espiritual existe; rebelarse contra ella es otro error que Judas también denuncia, el de «la contradicción de Coré» (Judas 11).
No todo ministro que recibe una ofrenda es un Balaam, ni todo líder con autoridad es un nicolaíta. Hay dos extremos que evitar: la indiferencia, que lo tolera todo, y la obsesión, que ve un falso maestro en cada púlpito. El discernimiento está en medio.
La raíz: ¿la voluntad de quién?
¿Por qué la gente se deja llevar por estas doctrinas? Jesús dio la clave:
«El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta».
Juan 7:17
El discernimiento de la doctrina va ligado a la intención del corazón. Hoy la esencia de muchos mensajes es que Dios haga la voluntad del hombre, y no al revés. Cuando se quita a Dios del centro, la mente se abre con ansias a cualquier cosa «nueva», como los atenienses que «en ninguna otra cosa se interesaban sino en decir o en oír algo nuevo» (Hechos 17:21). Y el resultado es como el «fuego extraño» que ofrecieron Nadab y Abiú, «que él nunca les mandó» (Levítico 10:1): una vida espiritual árida, basada en emociones y razonamientos humanos.
Para cerrar
El mensaje a Pérgamo no termina en condena. Jesús llama al arrepentimiento y hace una promesa: «Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo» (Apocalipsis 2:17). Balaam amó el premio de la maldad; al que permanece fiel, Dios le guarda un premio mejor. Y el pueblo no tiene otro Señor que Cristo.
Para reflexionar:
- ¿Sigo una enseñanza porque me acerca a Dios o porque me promete lo que quiero?
- Si sirvo en algún ministerio, ¿lo hago como servidor o espero que me sirvan?
- ¿En qué extremo me inclino más: la indiferencia o la sospecha de todo?
Enrique Moore
En la próxima entrega: Sana doctrina no es cazar herejes (Hechos 17:10-11). Cómo defender la sana doctrina sin perder la mansedumbre.

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