Serie «Examinadlo todo» · Parte 1 de 9
«Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz. Le dijo Pilato: ¿Qué es la verdad? Y cuando hubo dicho esto, salió otra vez a los judíos, y les dijo: Yo no hallo en él ningún delito».
Juan 18:37-38
Pilato hizo la pregunta más importante que un hombre puede hacer, y la hizo delante de la única Persona que podía responderla. Pero no esperó la respuesta. «Cuando hubo dicho esto, salió». Preguntó y se fue.
Me parece que esa escena retrata bien nuestro tiempo. Nunca habíamos tenido tanta información a la mano, y al mismo tiempo nunca había sido tan difícil saber qué es verdad. Se pregunta mucho, se opina más, pero pocos se quedan a escuchar la respuesta. Por eso quiero comenzar esta serie sobre el discernimiento aquí, en la pregunta de Pilato. No se puede distinguir lo verdadero de lo falso si primero no sabemos qué es la verdad.
La conformidad entre lo que se piensa y la realidad
Una definición sencilla dice que la verdad es la conformidad entre lo que se piensa y la realidad. La palabra viene del latín veritas, de verus, «verdadero». De la misma raíz salen palabras que usamos todos los días: veracidad, verificar, averiguar. Averiguar es, literalmente, buscar lo verdadero.
Pensemos en la báscula del mercado. Cuando compramos un kilo de fruta, confiamos en que la báscula marque el peso real. Si está alterada para favorecer al vendedor, no importa que el cliente se vaya convencido de que le dieron un kilo: no se lo dieron. Su impresión no cambia lo que hay en la bolsa. Dios mismo se interesa en esto: «El peso falso es abominación a Jehová; mas la pesa cabal le agrada» (Proverbios 11:1). Así es con la verdad: no se trata de cómo me parece a mí, sino de lo que es.

La Escritura lo dice de manera más directa:
«Porque nada podemos contra la verdad, sino por la verdad».
2 Corintios 13:8
Podemos ignorarla, discutirla o darle la espalda como Pilato. Lo que no podemos es cambiarla.
«Cada quien tiene su propia verdad»
Esa frase se escucha en todas partes, incluso en la iglesia. Es el resumen popular de lo que los estudiosos llaman posmodernidad: la idea de que no hay una verdad absoluta, solo perspectivas.
Aquí conviene hacer una distinción. Que haya muchas opiniones no es relativismo; siempre las ha habido, y es sano escucharlas. El relativismo es afirmar que todas son verdaderas al mismo tiempo, aunque se contradigan. Y cuando esa idea entra a la lectura de la Biblia, el resultado es sutil pero grave: ya no importa lo que la Biblia dijo, sino lo que el lector piensa.
A esto se suma el ruido de nuestra época. Titulares hechos para provocar el clic más que para informar, mensajes diseñados por la mercadotecnia para decirnos lo que queremos oír. No todo es mentira abierta; mucho es verdad a medias, que es más difícil de detectar.
Nada de esto es nuevo. Daniel vio en su visión un poder que se levantaba contra Dios, y describe así su obra:
«Y a causa de la prevaricación le fue entregado el ejército junto con el continuo sacrificio; y echó por tierra la verdad, e hizo cuanto quiso, y prosperó».
Daniel 8:12
Echar por tierra la verdad es la estrategia más antigua del enemigo. Jesús lo dijo de él: «no hay verdad en él… porque es mentiroso, y padre de mentira» (Juan 8:44). Donde la verdad cae, cualquiera hace «cuanto quiso».
Y cuando la verdad se presenta, no siempre es bien recibida. Jesús lo vivió: «Y a mí, porque digo la verdad, no me creéis» (Juan 8:45). En un mundo que ha echado por tierra la verdad, quien la dice suele ser visto como un estorbo.
A la Verdad no le afecta nuestra opinión
Hace un tiempo escribí una frase que sigo pensando: a la Verdad no le afecta ni le importa nuestra opinión. No lo digo con dureza. Lo digo con alivio. Si la verdad dependiera de lo que yo opino, estaría tan inestable como mis estados de ánimo.
El salmista lo entendió así:
«La suma de tu palabra es verdad, y eterno es todo juicio de tu justicia».
Salmo 119:160
No dice que algunas partes son verdad. Dice que la suma, el conjunto, lo es. Por eso no tenemos que escoger los versículos que nos acomodan y descartar los demás.
Jesús terminó el Sermón del Monte con la imagen de dos casas: una sobre la roca y otra sobre la arena (Mateo 7:24-27). Las dos se veían igual en un día soleado. La diferencia apareció con la tormenta. Hoy diría que mucha gente está edificando sobre humo: ni siquiera arena, sino ideas que cambian con cada tendencia. Tenemos algo mejor. Tenemos la verdad, sólida y fuerte como la roca.
La Verdad tiene nombre
Pilato preguntó «¿qué es la verdad?», pero la respuesta no era un qué, sino un quién. Jesús ya lo había dicho a sus discípulos:
«Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí».
Juan 14:6
El hombre necesita dirección, y la dirección no viene de una teoría sino de una Persona. Por eso la promesa de Juan 8:32, «conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres», no habla de acumular datos, sino de conocer a Cristo. Y no nos dejó solos en esa tarea: «cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad» (Juan 16:13).
Aquí está la raíz de todo discernimiento. No se trata primero de saber detectar errores, sino de conocer tan bien la verdad que lo falso se note por contraste. Pablo llama a la iglesia «columna y baluarte de la verdad» (1 Timoteo 3:15). No somos dueños de ella; somos sus sostenedores.
Para cerrar
Pilato tuvo la Verdad enfrente y salió del cuarto. No cometamos el mismo error. No menospreciemos al que habla. Él es la Verdad, y si lo tenemos a Él, lo tenemos todo.
Si quieres profundizar en el Salmo 119:160, publiqué un estudio sobre ese versículo: La suma de tu palabra es verdad.
Para reflexionar:
- ¿En qué situaciones me parezco a Pilato: pregunto, pero no me quedo a escuchar la respuesta?
- ¿Hay alguna enseñanza que acepto solo porque me acomoda, sin verificarla con «la suma» de la Palabra?
- ¿Mi seguridad descansa en mis opiniones o en Cristo, que es la Verdad?
Enrique Moore
En la próxima entrega: Madurar para discernir (Hebreos 5:12-14). El discernimiento no es un don para unos cuantos, sino una señal de madurez.

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