Serie «La creación del hombre» · Parte 2 de 5. La serie completa está enlazada al final de este artículo.
Hoy puedo hablar con una persona en Japón y leer su respuesta en español en el mismo instante. Un video grabado en inglés aparece subtitulado, y hasta doblado, sin que nadie lo traduzca a mano. La tecnología ha derribado una barrera que parecía permanente: la del lenguaje.
Cuando lo pienso, no puedo evitar volver a un pasaje muy antiguo, uno que habla precisamente de un tiempo en que la humanidad no tenía esa barrera.
Una sola lengua
En la entrega anterior vimos que Dios dio al hombre la capacidad de crear. Ahora veamos qué hizo el hombre con ella pocos siglos después del diluvio:
«Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras. Y aconteció que cuando salieron de oriente, hallaron una llanura en la tierra de Sinar, y se establecieron allí. Y se dijeron unos a otros: Vamos, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego. Y les sirvió el ladrillo en lugar de piedra, y el asfalto en lugar de mezcla. Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra.»
Génesis 11:1-4

Notemos el versículo 3. «Hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego»: eso es tecnología. En una llanura sin piedra, inventaron un material nuevo. Y con el asfalto encontraron con qué unirlo. El texto no condena el ladrillo. El problema está en el versículo siguiente.
El primer poderoso
Un capítulo antes, la Biblia nos presenta al hombre detrás de ese proyecto:
«Y Cus engendró a Nimrod, quien llegó a ser el primer poderoso en la tierra… Y fue el comienzo de su reino Babel, Erec, Acad y Calne, en la tierra de Sinar.»
Génesis 10:8, 10
La palabra «poderoso» es guibbor (Diccionario Strong H1368): fuerte, valiente, guerrero, y también tirano. Nimrod fue el primero en levantar un reino sobre otros hombres. Su nombre suele relacionarse con la idea de rebelión. Babel fue el comienzo de su reino, y la torre fue su símbolo.
Y la palabra «torre» (migdal) viene de la raíz gadal (H1431), que significa crecer, engrandecer, y también ensoberbecerse y jactarse. La torre era, literalmente, un monumento a la grandeza humana.
Hagámonos un nombre
Aquí está el corazón de Babel. Dios les había dicho: «llenad la tierra» (Génesis 9:1). Ellos dijeron: construyamos para no ser esparcidos. Dios les había dado un nombre como criaturas suyas. Ellos dijeron: hagámonos un nombre propio.
Y querían que la torre llegara «al cielo». No se trataba de un mirador. Era la idea de alcanzar por sus propios medios el lugar de Dios. Es el mismo pensamiento que la Escritura pone en boca del que quiso ocupar el trono del Altísimo:
«Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono… sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo.»
Isaías 14:13-14
Isaías pronuncia estas palabras contra el rey de Babilonia, la ciudad heredera de Babel. Detrás del rey se deja ver un espíritu más antiguo: el del querubín que se enalteció por su hermosura (Ezequiel 28:14-17). Ese es el espíritu de Babel: subir, ser como Dios, tener uno mismo el poder.
Nada les hará desistir
Lo que Dios dijo al ver la torre es impresionante:
«He aquí el pueblo es uno, y todos éstos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer.»
Génesis 11:6
Dios mismo reconoce la capacidad que puso en el hombre. Un pueblo unido, que se entiende y se propone algo, lo logra.
A eso le llamamos sinergia: cuando varias personas trabajan juntas con un mismo propósito, logran más de lo que lograría cada una por su cuenta. El todo es mayor que la suma de las partes. «Mejores son dos que uno», dice Eclesiastés 4:9. Es un poder que Dios mismo puso en el hombre. La palabra viene del griego synergos, «el que trabaja junto con otro», y es la misma que Pablo usa para la Iglesia: «Porque nosotros somos colaboradores de Dios» (1 Corintios 3:9). En Babel, ese poder se puso al servicio del orgullo.
Por eso no me sorprende que hoy veamos cumplirse lo que hace unos años parecía imposible. Es parte de la capacidad que Dios nos dio: lograr lo que nos proponemos. Muchos no la usan, y otros la usan para mal.
Pensemos en nuestros días. La tecnología ha derribado la barrera del idioma. La globalización ha hecho que en buena medida pensemos igual, consumamos lo mismo y sigamos las mismas tendencias. Es inevitable pensar que estamos otra vez en el punto de Génesis 11: una sola lengua, unas mismas palabras y una obra que nada hace desistir.
Y la torre de hoy bien puede ser la tecnología, cuando el hombre la levanta con la intención de llegar al cielo, de hacerse un nombre y de tener el poder por sí mismo.
Dios confundió su lengua
«Ahora, pues, descendamos, y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero. Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad.»
Génesis 11:7-8
Hay una ironía en el versículo 5: «descendió Jehová para ver la ciudad y la torre». La torre que quería llegar al cielo era tan pequeña que Dios tuvo que «bajar» para verla.
La palabra «confundió» (balal, H1101) da la idea de tomar algo y batirlo, mezclarlo, revolverlo. Dios no destruyó sus ladrillos. Desordenó su comunicación. Y sin comunicación se acabó la sinergia: cada quien comenzó a buscar lo suyo propio, y la obra se detuvo.
A veces pensamos que los juicios de Dios siempre son fuego del cielo. En Babel bastó con que dejaran de entenderse.
Para cerrar
El problema de Babel no fue construir, sino para qué construían. El mismo ladrillo puede levantar un hogar o un monumento al orgullo. Lo que cambia es el corazón.
Y ese espíritu no se quedó en la llanura de Sinar. También puede habitar en nosotros cuando usamos los dones de Dios para hacernos un nombre: en un ministerio, en una carrera, en un perfil de redes sociales. La pregunta de Babel sigue vigente: ¿para la gloria de quién estoy edificando?
En la siguiente entrega veremos a un rey que comenzó bien, que usó la tecnología de su tiempo con la ayuda de Dios, y que terminó mal: Cuando ya era fuerte.
Para reflexionar:
- ¿En qué áreas de mi vida estoy edificando para hacerme un nombre?
- ¿Hay algo que Dios me mandó hacer y que yo he cambiado por mi propio proyecto, como los de Babel?
- ¿Cómo puedo distinguir entre el deseo legítimo de hacer bien mi trabajo y el deseo de engrandecerme?
Enrique Moore
Serie «La creación del hombre»: 1. La creación del hombre · 2. Hagamos ladrillo · 3. Cuando ya era fuerte · 4. Una imagen que habla · 5. De Babel a Pentecostés.

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