Serie «La degradación de las artes» · Epílogo. Si no has leído la serie, puedes empezar por la primera parte.
Después de cerrar esta serie me quedé pensando en una paradoja. Mientras las artes se alejaban de su fin, la búsqueda de la belleza, y se «degradaban» con el paso de los años, la técnica caminaba en sentido contrario. Desde sus inicios buscó la perfección: precisión, fidelidad, la copia exacta. Ese camino nos llevó a la tecnología digital. Y cuando por fin la tuvimos en las manos, descubrimos que no nos bastaba: tuvimos que añadirle imperfección artificial para poder disfrutarla.
Un siglo persiguiendo la fidelidad
Desde el fonógrafo hasta la cinta magnética, la historia del sonido grabado fue una lucha contra el ruido: el crujido del disco, el siseo de la cinta, la distorsión. Se habló de «alta fidelidad», y cada generación de equipos prometía un sonido más limpio. Cuando apareció el disco compacto, en 1982, se anunció con una frase que lo resumía todo: «sonido perfecto para siempre».
Y en buena medida lo logramos. Hoy una grabación digital puede ser prácticamente silenciosa, sin desgaste, idéntica en cada copia. Pero entonces ocurrió algo inesperado.
El ruido que hay que añadir
Quienes trabajamos con audio conocemos un proceso llamado dither. Cuando se reduce la resolución de una grabación digital, por ejemplo al pasarla de 24 a 16 bits para un CD, los sonidos más suaves se convierten en escalones. El oído percibe esos escalones como una distorsión áspera, artificial. La solución es sorprendente: se le añade ruido a propósito. Un ruido muy leve, casi imperceptible, que «desordena» los escalones, y gracias a él el oído vuelve a escuchar la onda suave y natural.

Es decir, la propia técnica digital necesita imperfección para sonar humana. Y no es el único caso:
- Algunos formatos de video modernos quitan el grano de la película para comprimir mejor la imagen, y luego lo vuelven a sintetizar al reproducirla, porque sin grano se ve falsa.
- Existen programas que imitan el crujido del vinil y el siseo de la cinta, justo los ruidos que durante décadas tratamos de eliminar.
- En la música, la función de «humanizar» vuelve a desacomodar las notas que la máquina había alineado a la perfección.
- En la fotografía, los perfiles que emulan película y el grano añadido le devuelven a la imagen digital la textura que había perdido.
Pasamos un siglo quitando el ruido, y ahora lo agregamos.
La imperfección es inherente al ser humano
¿Por qué nos pasa esto? Creo que la respuesta está en lo que somos. No fuimos hechos de metal pulido, sino de barro:
«Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente».
Génesis 2:7
Y Dios no lo ha olvidado: «Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo» (Salmo 103:14). Somos criaturas limitadas, y por eso reconocemos lo humano en lo que tiene textura, variación, huella. Lo perfectamente preciso nos resulta ajeno porque no se parece a nosotros. La imperfección es inherente al ser humano.
La perfección que Dios busca
Entonces, ¿qué hacemos con el mandato de Jesús: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto» (Mateo 5:48)? La clave está en la palabra griega téleios. El Diccionario Strong (G5046) la define como «completo», y W. E. Vine, en su Diccionario Expositivo, explica que viene de telos, «fin», y describe lo que ha llegado a su fin o propósito: lo acabado, lo maduro.
No es la perfección de la cuadrícula ni la del Auto-Tune. Es la de una vida que alcanza aquello para lo que fue creada. Santiago lo expresa así: «Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna» (Santiago 1:4). Y Pablo, con toda honestidad, reconoce que es un camino: «No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús» (Filipenses 3:12).
La precisión es de las máquinas; la madurez es de las personas. Por eso una grabación perfecta nos puede dejar fríos, mientras una voz que se quiebra en el momento justo nos conmueve. Y por eso Dios no espera de nosotros la perfección de una máquina, sino la de un hijo que crece hasta llegar a «la medida de la estatura de la plenitud de Cristo» (Efesios 4:13).
Quizá esa sea la última lección de esta serie: no necesitamos fabricar imperfección artificial. Basta con dejar de esconder la que ya tenemos, y poner nuestro barro en las manos del Alfarero.
Que esta serie sea de bendición a tu vida.
Enrique Moore
Serie completa «La degradación de las artes»: 1. Cuando el arte buscaba la belleza · 2. ¿Por qué la música suena cada vez más igual? · 3. Los álbumes que nos marcaron · 4. Vasos de barro: la belleza de lo imperfecto · Epílogo: el ruido que nos hace humanos.


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