Serie «Examinadlo todo» · Parte 6 de 9. Partes anteriores: ¿Qué es la verdad?, Madurar para discernir, Ni crédulos ni incrédulos, Lo que el pueblo quiere oír y El error de Balaam.
«Inmediatamente, los hermanos enviaron de noche a Pablo y a Silas hasta Berea. Y ellos, habiendo llegado, entraron en la sinagoga de los judíos. Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así».
Hechos 17:10-11
A mediados de los años 2000 tomó forma lo que muchos llamaron el movimiento de la «sana doctrina». Fue una respuesta al auge de enseñanzas con poco o ningún fundamento bíblico, y al principio su énfasis fue la enseñanza fiel de las Escrituras. Eso fue bueno, y en buena medida sigue siéndolo. Pero con los años la expresión se convirtió en eslogan, y los eslogan se gastan.
Cuando la sana doctrina se vuelve marca
Ni la iglesia se escapa del marketing. Hoy hay leche sin leche, como algunas fórmulas lácteas, y carne sin carne, como ciertas hamburguesas y nuggets. Eso sí, todo bien presentado, con marca y logotipo de diseño profesional, porque entra por los ojos. Algo parecido pasa con la etiqueta de «sana doctrina»: que un ministerio la lleve en el nombre no garantiza que la tenga.
Algunos creen que sana doctrina es estudiar la Biblia para cazar herejes. Y hay quienes lucran con los chismes y los escándalos de otros ministerios con el pretexto del celo por la verdad. Por eso, en lo personal, evito las etiquetas; hoy se usan más con fines de mercadotecnia que de un verdadero compromiso con Dios. Con esto no digo que todo el que la usa esté mal. Creo que hay ministerios que presentan una defensa legítima de la fe. Mi intención es invitar a analizarlo todo a la luz de las Escrituras.
Tesalónica y Berea
Lucas pone a dos ciudades una junto a la otra. En Tesalónica, los judíos que no creyeron eran duros y cerrados para oír. No solo rechazaron el mensaje: en su celo religioso alborotaron la ciudad y luego persiguieron a Pablo hasta Berea (Hechos 17:5, 13). Buscaban cualquier pretexto para contender.
En Berea fue distinto. No se cerraron creyendo saber más. Escucharon a Pablo «con toda solicitud» y luego fueron a las Escrituras, cada día, para confirmar si lo que oían era así. No creyeron todo sin examinar, pero tampoco rechazaron todo sin escuchar. Ese es el equilibrio que hemos venido buscando en esta serie.

Me llama la atención que, más tarde, Pablo les escribió precisamente a los de Tesalónica: «No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo; retened lo bueno» (1 Tesalonicenses 5:20-21). Pienso que la actitud de los de Berea los impactó tanto a Lucas como a Pablo: uno la dejó escrita y el otro la puso como modelo.
Lo que de verdad es sana doctrina
La palabra que traducimos «sana» significa «saludable». La sana doctrina es la enseñanza que da salud. Por eso, cuando Pablo le pide a Tito: «Pero tú habla lo que está de acuerdo con la sana doctrina» (Tito 2:1), lo que sigue no es una lista de herejes, sino una lista de conductas: ancianos sobrios, mujeres prudentes, jóvenes con dominio propio, siervos fieles. La sana doctrina se nota en cómo se vive.
Ahí está el problema que Jesús señaló en los fariseos: «dicen, y no hacen» (Mateo 23:3). Puedes ser muy conocedor y poco hacedor. Esa era la justicia de los religiosos, y es posible tenerla hoy con una Biblia muy subrayada.
Esto no significa que todo dé igual. Hay verdades fundamentales que no se negocian, y la primera es la persona de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre (2 Juan 7, 9). Pero la manera de defenderlas también importa:
«Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad».
2 Timoteo 2:24-25
Amable, apto para enseñar, con mansedumbre. El propósito no es ganar la discusión, sino que el otro llegue a la verdad.
Un ejemplo: las versiones de la Biblia
En las redes circula mucha información sin sustento contra algunas traducciones de la Biblia: que les quitan versículos a propósito, que las editan empresas seculares, y cosas por el estilo. La mayoría de quienes lo repiten no conoce lo básico. Existen distintas filosofías de traducción: la equivalencia formal, como la Reina-Valera, que procura respetar la letra del original, y la equivalencia dinámica, como la Nueva Traducción Viviente, que busca preservar el sentido. Y hay diferencias en los textos de base que usaron los traductores, un tema que pertenece más al ámbito académico que al púlpito. Es cierto que existen ediciones con alteraciones intencionales, pero con un conocimiento básico se identifican.
El cazador de herejes ve una diferencia entre dos versiones y grita «¡manipulación!». El de Berea investiga cómo se hizo la traducción. Para evitar contiendas ociosas, mi consejo es sencillo: usa la Biblia que tiene como base tu congregación, que en la nuestra es la Reina-Valera 1960, y estudia con al menos otras dos versiones que te recomiende tu pastor.
Para cerrar
La instrucción de Pablo a Timoteo no fue «denuncia a los herejes», sino «que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina» (2 Timoteo 4:2). La respuesta al error es la Palabra, predicada con paciencia. Seamos como los de Berea: dispuestos a escuchar, diligentes para escudriñar y firmes en lo que la Escritura confirma.
Para reflexionar:
- Cuando escucho una enseñanza nueva, ¿reacciono como los de Tesalónica o como los de Berea?
- ¿Mi conocimiento de la Biblia se nota en mi conducta, o solo en mis argumentos?
- ¿He compartido alguna vez una acusación contra alguien sin verificarla?
Enrique Moore
En la próxima entrega: Las dos zanjas del camino (Gálatas 5:1, 13). Dos extremos en los que es fácil caer cuando huimos de uno.

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