Serie «La creación del hombre» · Parte 5 de 5. La serie completa está enlazada al final de este artículo.
No hace tanto, comunicarse con alguien lejos tomaba tiempo: el telégrafo, luego el teléfono de casa, después el correo electrónico. Hoy todo cabe en un aparato que llevamos en el bolsillo. Estamos más conectados que nunca. Y, sin embargo, es difícil ponernos de acuerdo en casi nada. Hay más división en las familias, en la sociedad y aun en las iglesias.
¿Por qué tantas lenguas, tantas culturas, tantas maneras de pensar? ¿Por qué nos cuesta tanto entendernos? La respuesta empieza en Babel. Pero no termina ahí.
De Babel a Babilonia
A lo largo de esta serie hemos visto que Dios dio al hombre la capacidad de crear; que en Babel la usó para hacerse un nombre; que Uzías se enalteció cuando ya era fuerte; y que hoy el hombre fabrica una imagen de sí mismo.
La ciudad que Nimrod fundó en Sinar se convirtió, siglos después, en Babilonia. Y en la Escritura Babilonia dejó de ser solo un lugar en el mapa. Llegó a ser el nombre de un sistema: el del hombre organizado sin Dios. En Apocalipsis aparece como «Babilonia la grande», una ciudad que domina a los reyes de la tierra y enriquece a los mercaderes (Apocalipsis 17 y 18).
Ese sistema toca los tres aspectos que rigen la vida de las naciones: el político, el económico y el religioso-cultural. Y la tecnología es la plataforma sobre la que hoy se mueven los tres. Su fin, para bien y para mal, es el control.
La caída de la ciudad
Apocalipsis 18 describe el fin de Babilonia con una frase que, después de todo lo que hemos visto, me parece muy significativa:
«Y voz de arpistas, de músicos, de flautistas y de trompeteros no se oirá más en ti; y ningún artífice de oficio alguno se hallará más en ti, ni ruido de molino se oirá más en ti.»
Apocalipsis 18:22
La palabra «oficio» es techne (Diccionario Strong G5078), la misma de la que viene nuestra palabra «tecnología». La ciudad que puso su confianza en su ingenio verá callar a sus músicos y a sus artífices. La torre que quiso llegar al cielo termina en silencio.
Pentecostés
Pero la Biblia no deja la historia en la confusión. En Babel, Dios confundió las lenguas para detener el orgullo del hombre. En Pentecostés, Dios usó las lenguas para anunciar su gracia:
«Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen… les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios.»
Hechos 2:4, 11

Miremos el contraste:
- En Babel, los hombres subieron para alcanzar el cielo. En Pentecostés, el Espíritu descendió del cielo.
- En Babel quisieron hacerse un nombre. En Pentecostés se proclamó «el nombre que es sobre todo nombre» (Filipenses 2:9).
- En Babel las lenguas dividieron. En Pentecostés, gente «de todas las naciones bajo el cielo» (Hechos 2:5) escuchó un solo mensaje.
- En Babel, sin entendimiento, cada quien buscó lo suyo. En Pentecostés nació una comunidad que «tenía todas las cosas en común» (Hechos 2:44).
La unidad que el hombre no logró con su torre ni logrará con su tecnología, Dios la da por su Espíritu, alrededor de Jesucristo.
Una misma lengua
Por eso Jesús oró al Padre: «para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti… para que el mundo crea que tú me enviaste» (Juan 17:21). Y Pablo rogó a una iglesia dividida: «que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones» (1 Corintios 1:10).
Esa es la «una sola lengua» que Dios sí quiere: no un mismo idioma ni un mismo pensamiento impuesto por un sistema, sino un solo Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos (Efesios 4:4-6). Todavía no se ha manifestado del todo. «En parte conocemos» (1 Corintios 13:9). Mientras tanto, se nos pide ser «solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Efesios 4:3).
La Iglesia frente al espíritu de Babel
¿Cómo vive la Iglesia en medio de un mundo que sigue construyendo su torre? Veo tres actitudes:
- No negociar la verdad. La Iglesia no tiene que adaptar el evangelio al lenguaje de Babel para ser relevante. Puede ser influyente sin ser mundana.
- Formar el carácter de Cristo. No se trata de huir de la tecnología, sino de usarla con un corazón que no busca hacerse un nombre. Las redes, por ejemplo, pueden ser un lugar para edificar o un altar al ego.
- Aguardar el regreso de Cristo. No con miedo, sino velando: «Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre» (Lucas 21:36).
La ciudad que tiene fundamentos
Hay otra ciudad en la Biblia. Abraham, que salió de Ur de los caldeos, en la misma tierra de Mesopotamia donde se levantó Babel, no buscó construir una torre:
«Porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios.»
Hebreos 11:10
Esa ciudad no la construye el ingenio humano. Al final de la Biblia la vemos descender del cielo, y en ella habitan «de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas» (Apocalipsis 7:9), unidos para adorar al Cordero. Lo que Babel intentó desde abajo, Dios lo cumplirá desde arriba.
Para cerrar
La creación del hombre, en sus dos sentidos, nos lleva al mismo lugar. El hombre que Dios creó tiene una capacidad asombrosa. Lo que el hombre crea puede glorificar a Dios o levantar una torre para su propio nombre. La diferencia está en el corazón.
Pablo nos dejó la medida para todo lo que hacemos, también con la tecnología: «Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios» (1 Corintios 10:31). Que lo que construimos con nuestras manos y nuestras palabras no sea una torre para nuestro nombre, sino una ofrenda para el suyo.
Para reflexionar:
- ¿Estoy edificando para la ciudad de este mundo o para la ciudad cuyo arquitecto es Dios?
- ¿Qué puedo hacer esta semana para guardar la unidad del Espíritu en mi familia o en mi iglesia?
- ¿Cómo puedo usar la tecnología que tengo para anunciar «las maravillas de Dios»?
Enrique Moore
Serie «La creación del hombre»: 1. La creación del hombre · 2. Hagamos ladrillo · 3. Cuando ya era fuerte · 4. Una imagen que habla · 5. De Babel a Pentecostés.

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