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Las dos zanjas del camino

Serie «Examinadlo todo» · Parte 7 de 9. Partes anteriores: ¿Qué es la verdad?, Madurar para discernir, Ni crédulos ni incrédulos, Lo que el pueblo quiere oír, El error de Balaam y Sana doctrina no es cazar herejes.

¿Has notado que muchos de los que alguna vez salieron de un grupo legalista terminaron en el extremo opuesto? Yo sí. Tal vez tuvieron razón en su momento, pero en esencia siguieron siendo iguales a aquellos de quienes se separaron: solo cambiaron de legalismo. Es muy fácil caer en ello, porque a nuestra naturaleza le resulta más fácil arrebatarse que usar la razón.

El camino de la fe es como una carretera con una zanja a cada lado. Quien da un volantazo para no caer en una, termina en la otra. Pablo conocía bien las dos, y en un mismo capítulo advierte contra ambas:

«Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud… Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros».

Gálatas 5:1, 13

No volver al yugo, y no usar la libertad como pretexto. Esas son las dos zanjas.

Imagen ilustrativa: un hombre camina de espaldas por el centro de un camino recto de tierra blanca, al atardecer, entre la vegetación de selva baja; a cada lado del camino hay una zanja con agua lodosa.
Imagen ilustrativa: el camino con una zanja a cada lado.

La zanja del legalismo

El legalismo pone la confianza en las obras propias y no en la obra de Cristo. Pablo fue tajante: «De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído» (Gálatas 5:4). El legalista tiene mente de esclavo; no ha recibido el espíritu de adopción, sino que vive con temor (Romanos 8:15). Por eso se parece tanto al fariseo de la parábola, que oraba dándole gracias a Dios por no ser como los demás (Lucas 18:11).

Y como vive bajo carga, se la impone a otros. Jesús lo dijo de los fariseos: «atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres» (Mateo 23:4). El legalista se enoja cuando alguien falla o no hace lo que él quiere; el libre en Cristo tiene compasión y tiende la mano. El legalista condena; el libre es misericordioso.

Además, las prohibiciones no sirven para cambiar a las personas. Pablo lo explicó a los colosenses:

«Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne».

Colosenses 2:23

No es que te cortes el cabello o no te lo cortes, que te pongas alhajas o no te las pongas. «En Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor» (Gálatas 5:6). Lo que importa es ser guiados por el Espíritu y obedecer la verdad.

La zanja del progresismo

Al otro lado del camino está la zanja opuesta. No hablo de política, sino de una corriente teológica que, con el argumento de que todo hay que cuestionarlo, va diluyendo la Palabra de Dios. Pablo la anticipó al hablar de los postreros días, y lo más serio es que no se refería a los incrédulos, sino a gente que tendría «apariencia de piedad» (2 Timoteo 3:5).

¿Qué es diluir? Pensemos en un perfume. Si le agregas agua o alcohol, al principio sigue oliendo; pero cada vez que lo rebajas pierde un poco más, hasta que solo queda el frasco con la etiqueta. Así se diluye la fe: «la Biblia fue escrita por hombres», «no todo en ella es inspirado», «se contradice», «son puros mitos». Algunos hablan abiertamente de «deconstruir» la Biblia, es decir, desarmarla hasta los fundamentos para volver a armarla a modo, de manera que tolere lo que ella misma llama pecado. Otros terminan creyendo en un Dios limitado, al que la creación se le salió de control. Se cree en un Dios, pero ¿qué clase de Dios?

La respuesta es reafirmar lo que la Escritura dice de sí misma:

«Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra».

2 Timoteo 3:16-17

Yo creo en su Palabra. Creo que nos fue dada de manera divina, y que Dios ha usado hombres a quienes envió su Espíritu para inspirarlos a escribir, y a otros para copiar, traducir, preservar y distribuir, muchos de ellos poniendo en riesgo su propia vida. A quienes la cuestionan, Jesús les diría lo mismo que a los saduceos: «Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios» (Mateo 22:29).

El camino de en medio no es tibieza

Entonces, ¿la solución es quedarse a medias? No. El Predicador lo dijo de una manera que sorprende: «No seas demasiado justo, ni seas sabio con exceso; ¿por qué habrás de destruirte?» (Eclesiastés 7:16). Alguna versión traduce: «no seas demasiado legalista». Dios requiere de nosotros equilibrio.

Hay una imagen que siempre me ha acompañado cuando pienso en el equilibrio: el cerco que rodeaba el atrio del tabernáculo. Sus columnas se sostenían con estacas y cuerdas (Éxodo 35:18; Números 3:37), y es fácil imaginarlas tensadas desde ambos lados, con una cuerda amarrada hacia el interior y otra hacia el exterior. La columna no se mantiene derecha porque nada la jale, sino porque la jalan las dos.

Así veo la vida cristiana. La cuerda del interior es la santidad, la que nos ata a la presencia de Dios. La del exterior es la libertad, la que Cristo nos dio para salir al mundo y servir por amor. Si solo tira la santidad, la columna cae hacia adentro: es el legalismo que se encierra y condena. Si solo tira la libertad, cae hacia afuera: es el libertinaje que se confunde con el mundo. El equilibrio no es falta de tensión; es tensión bien sostenida desde los dos lados.

Diagrama sobre una ilustración desenfocada del atrio del tabernáculo. Tres columnas: a la izquierda, solo con la cuerda de la santidad, la columna cae hacia adentro (legalismo); al centro, con las dos cuerdas, Santidad hacia el interior y Libertad hacia el exterior, la columna se mantiene derecha (equilibrio); a la derecha, solo con la cuerda de la libertad, cae hacia afuera (libertinaje).
Las dos cuerdas del cerco: santidad hacia el interior, libertad hacia el exterior.

Y el equilibrio viene de la mente renovada. Pablo nos pide no amoldarnos al pensamiento que prevalece en el mundo, sino transformarnos «por medio de la renovación de vuestro entendimiento», porque nuestro culto debe ser «racional» (Romanos 12:1-2). Nuestra adoración a Dios debe ser un acto inteligente, no visceral. Un cristiano maduro mantiene el equilibrio en sus acciones y no se deja dominar por sus emociones.

¿Por qué abundan los dos extremos? Creo que por la misma causa: una actitud negligente en la comunión con Dios. Oseas lo dijo hace siglos: «Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento» (Oseas 4:6). Quien camina de cerca con el Señor no necesita volantazos.

Para cerrar

El camino no es una línea pintada entre dos errores; es una Persona. Pablo lo resume en el mismo capítulo: «Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu» (Gálatas 5:25). Libres del yugo, pero libres para servir por amor.

Para reflexionar:

  1. ¿En qué zanja me inclino a caer: en la de las reglas o en la de «todo se vale»?
  2. ¿He huido de un error y caído en el contrario?
  3. ¿Mi fe se nota más en lo que prohíbo o en cómo amo y sirvo?

Enrique Moore


En la próxima entrega: ¿Lo publico o no lo publico? (Mateo 12:34-37). El discernimiento llevado a nuestras redes sociales.

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Una respuesta a «Las dos zanjas del camino»

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