Serie «Examinadlo todo» · Parte 8 de 9. Partes anteriores: ¿Qué es la verdad?, Madurar para discernir, Ni crédulos ni incrédulos, Lo que el pueblo quiere oír, El error de Balaam, Sana doctrina no es cazar herejes y Las dos zanjas del camino.
En 2011 escribí en mi muro un consejo sencillo. Necesitamos pensar antes de hablar; Dios nos aconseja ser tardos para hablar, y Proverbios dice que «aun el necio, cuando calla, es contado por sabio» (Proverbios 17:28). Y terminé con una frase que hoy me parece más vigente que entonces: apliquémoslo también al Facebook.
Durante siglos, los grandes medios de difusión, como la imprenta, los periódicos, la radio, el cine y la televisión, estuvieron en manos de unos pocos. Luego llegó internet, y con él las redes sociales, que pusieron en cada mano un altavoz. Hoy cualquiera puede levantar la voz y ser escuchado por multitudes. Lo llaman la democratización de los medios. Y precisamente por eso cobra más importancia que nunca obedecer lo que Dios nos dice sobre cómo expresarnos.
De la abundancia del corazón
Jesús no conoció las redes sociales, pero lo que dijo sobre las palabras se aplica perfectamente:
«Porque de la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas. Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado».
Mateo 12:34-37
Lo resumí una vez en una línea: de la abundancia del corazón, publicas en el Face. Lo que publicamos, compartimos o comentamos es igual a lo que habla la boca. No hay que inventar una máquina que lea los pensamientos: basta ver lo que alguien publica para saber lo que hay en su corazón. Y Dios lo tiene en cuenta todo, lo que dijimos con los labios y lo que escribimos en una pantalla. Es como la caja negra de un avión: todo queda registrado.
¿Con filtro o sin filtro?
Muchas veces he escuchado decir: «Yo lo que pienso, lo digo». Se presenta como una virtud, pero no lo es. Quien habla así no está considerando a los demás; lo que sale es su pensamiento sin filtro.
La mente puede trabajar como lo que en ingeniería llamamos un sistema de control en lazo cerrado. Antes de que algo salga, el sistema toma una muestra de esa salida, la compara con un estándar y corrige lo necesario. Solo entonces procede. Así deberíamos hablar y publicar: imaginar lo que vamos a decir, compararlo con un estándar y corregir antes de presionar «publicar».
¿Y cuál es el estándar? Pedro lo dice: «Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios» (1 Pedro 4:11). Y Pablo lo hace muy concreto:
«Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes».
Efesios 4:29
De ahí salen unas preguntas sencillas para cada publicación. ¿Es verdad? «Hablad verdad cada cual con su prójimo» (Zacarías 8:16). ¿Edifica? ¿Lleva gracia? «Sea vuestra palabra siempre con gracia» (Colosenses 4:6). ¿Bendice o maldice? «Bendecid, y no maldigáis» (Romanos 12:14). Lo que no pasa ese filtro, no debe salir.

La indirecta directa
Hay publicaciones que invitan a la reflexión y edifican. Pero a veces la publicación es correcta y el problema es la motivación. Aquella frase tan piadosa no era una invitación a reflexionar, sino lo que llamamos una indirecta directa, con destinatario. Como pastor, alguna vez tuve que atender casos de publicaciones ofensivas entre hermanos, y casi siempre empezaron así.
Jesús nos dio otro camino: «Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos» (Mateo 18:15). A solas, no en el muro. Los medios modernos no cambian nuestra responsabilidad delante de Dios por lo que decimos de nuestros hermanos.
Tampoco la cambia la llamada libertad de expresión. La libertad es lo que podemos hacer dentro de los límites que nos dan las leyes y los principios. Mentir, calumniar, difamar, murmurar u ofender no son libertad, aunque hoy se hagan en su nombre. Y hay quienes han convertido la polémica en negocio, porque el escándalo genera vistas, «me gusta» y compartidos. A ellos Pablo les diría lo mismo que a los corintios: «si alguno quiere ser contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios» (1 Corintios 11:16).
Callar también es sabiduría
El filtro no solo corrige; a veces detiene. «Todo tiempo tiene su hora… tiempo de callar, y tiempo de hablar» (Eclesiastés 3:1, 7). No todo lo que es verdad tiene que publicarse, y no todo lo que pensamos necesita salir. Santiago lo dice así: «todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse» (Santiago 1:19).
Pero el filtro tampoco es para escondernos. Pablo decía que los creyentes somos «cartas… conocidas y leídas por todos los hombres» (2 Corintios 3:2). Si andamos en el camino del Señor, no tenemos nada que ocultar, y nuestras redes pueden ser luz para otros. Si mi vida ha sido bendecida por Dios, deseo que otros también lo sean.
Para cerrar
Antes de publicar, podemos hacer nuestra la oración de David: «Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Jehová, roca mía, y redentor mío» (Salmo 19:14). Los dichos de la boca, y hoy también lo que escribimos.
Para reflexionar:
- Si alguien leyera mis últimas diez publicaciones, ¿qué diría que hay en mi corazón?
- ¿He publicado alguna «indirecta» en lugar de hablar a solas con mi hermano?
- ¿Qué tendría que pasar por mi filtro antes de presionar «publicar»?
Enrique Moore
En la última entrega: Por sus frutos los conoceréis (Mateo 7:15-20). El criterio final del discernimiento.

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