Serie «Examinadlo todo» · Parte 2 de 9. Parte anterior: ¿Qué es la verdad?
Hace ya varios años, un pastor de la ciudad me acompañó a un evento en la iglesia. Al saludarme me mostró dos fotografías que le había regalado un supuesto predicador como prueba de las manifestaciones sobrenaturales de sus reuniones. En una se veía, entre la gente, una mano levantada completamente blanca y resplandeciente. En la otra, un haz de luz caía sobre la plataforma. Aquel hombre llevaba muchas copias y las repartía para recomendarse a sí mismo.
Las fotos eran reales y no estaban editadas. Pero quien ha tomado fotos con una cámara de apuntar y disparar sabe lo que pasó. En un lugar oscuro, la cámara dispara el flash con toda su fuerza, y lo que está muy cerca queda sobreexpuesto: una mano levantada a un metro del lente sale blanca como la nieve. Y el haz de luz era una de las lámparas del auditorio que, por el ángulo de la toma, quedó fuera del cuadro; solo se veía su resplandor. No era un ángel ni una luz del cielo. Era física, y bastante común.

No cuento esto para burlarme de nadie. Lo cuento porque me enseñó algo: discernir no es desconfiar de todo, sino saber mirar. Y saber mirar se aprende.
Dios quiere que maduremos
El autor de Hebreos tuvo que detenerse en medio de su enseñanza porque sus lectores no estaban listos para seguirlo:
«Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido. Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño; pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal».
Hebreos 5:12-14
Fíjate en dos expresiones. La primera: «después de tanto tiempo». Al principio de la vida cristiana nadie es maduro, y está bien; todos empezamos tomando leche. Pero después de un tiempo, madurar deja de ser una opción y se vuelve un deber.
La segunda: «por el uso tienen los sentidos ejercitados». El discernimiento no es un don raro reservado para unos cuantos. Es como el oído de un músico o el ojo de un fotógrafo: se afina con la práctica. Quien pasa años escuchando con atención distingue una nota desafinada que otros ni notan. Quien se alimenta de la Palabra todos los días empieza a notar cuándo algo no suena como Dios.
Niños fluctuantes
¿Cómo se reconoce a un niño espiritual? No por los años que tiene en la iglesia, sino por ciertos rasgos. Le cuesta prestar atención y escuchar. Hay que repetirle las cosas una y otra vez. No recibe bien la corrección. Y, sobre todo, puede ser engañado fácilmente. Pablo tuvo que rogar a los tesalonicenses «que no os dejéis mover fácilmente de vuestro modo de pensar» (2 Tesalonicenses 2:2), porque bastaba una carta falsa para alborotarlos.
Pablo explica para qué nos dio Dios maestros y pastores:
«Para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error».
Efesios 4:14
El niño fluctúa: hoy cree una cosa y mañana otra, según el último video que vio. Oseas lo describió con una imagen muy gráfica: «Efraín fue como paloma incauta, sin entendimiento» (Oseas 7:11). Y le impresiona lo espectacular. Simón el mago «estaba atónito» viendo las señales, pero no entendía lo espiritual; pensó que el don de Dios se compraba con dinero (Hechos 8:13-20). Es el mismo público al que iban dirigidas aquellas fotos.
Probad los espíritus
Juan, el apóstol del amor, escribió una de las instrucciones más claras sobre el discernimiento:
«Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo».
1 Juan 4:1
Y luego da criterios. El primero tiene que ver con Cristo: «todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios» (1 Juan 4:2). Cualquier enseñanza que rebaje a Cristo o lo saque del centro ya se descalificó sola. El segundo tiene que ver con la Palabra: «Lo que habéis oído desde el principio, permanezca en vosotros» (1 Juan 2:24). Lo nuevo se mide con lo que Dios ya dijo, no al revés.
Lo interesante es quién escribe esto. Juan y su hermano Jacobo eran los «hijos del trueno». Cuando una aldea de samaritanos no recibió a Jesús, quisieron hacer descender fuego del cielo, y el Señor los reprendió: «Vosotros no sabéis de qué espíritu sois» (Lucas 9:55). El mismo Juan que después enseñó a probar los espíritus tuvo que aprender primero a discernir el suyo. Madurar no es solo detectar el error ajeno; también es reconocer el propio.
La madurez es humilde
Hay una forma de inmadurez que se disfraza de discernimiento: la del que cree saberlo todo. En una conversación escribí que debemos evitar la pretensión del conocimiento absoluto. La historia de la iglesia está llena de interpretaciones que parecían definitivas y luego hubo que revisar. La Escritura nos pone en nuestro lugar: «Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre» (Deuteronomio 29:29).
El maduro no es el que tiene respuesta para todo, sino el que vive lo que sabe. Juan lo dice sin rodeos: «en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos», y «el que ama a su hermano, permanece en la luz» (1 Juan 2:3, 10). El discernimiento que no produce obediencia ni amor es solo información.
Para cerrar
Pablo resumió todo esto en una frase: «Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar» (1 Corintios 14:20). No se trata de volvernos desconfiados ni cínicos, sino de tener los sentidos ejercitados. Y eso solo se logra con el uso: leyendo, meditando y obedeciendo la Palabra, día tras día.
Para reflexionar:
- ¿Me impresiona más lo espectacular que lo que dice la Palabra?
- Si mido mi madurez por «el uso», ¿cuánto tiempo paso realmente en la Escritura?
- ¿Sé reconocer de qué espíritu soy, o solo examino a los demás?
Enrique Moore
En la próxima entrega: Ni crédulos ni incrédulos (Isaías 8:11-20). Los dos extremos que el discernimiento debe evitar: creerlo todo o no creer nada.

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