Serie «Examinadlo todo» · Parte 4 de 9. Partes anteriores: ¿Qué es la verdad?, Madurar para discernir y Ni crédulos ni incrédulos.
Vivimos en el tiempo del «hágalo usted mismo». Hay tutoriales para todo, remedios caseros para cualquier mal y soluciones de todo tipo a un clic. Lo espiritual no se escapa. Así como muchos se autoconsultan en Google, muchos ya no buscan consejo donde deberían buscarlo: lo buscan con los profetas de las redes.
Y uno se pregunta: ¿por qué proliferan tanto los falsos profetas? La respuesta de la Escritura es incómoda, porque no empieza por ellos sino por nosotros:
«Los profetas profetizaron mentira, y los sacerdotes dirigían por manos de ellos; y mi pueblo así lo quiso. ¿Qué, pues, haréis cuando llegue el fin?».
Jeremías 5:31
«Mi pueblo así lo quiso.» El falso profeta existe porque tiene público. El pueblo es el que le da por su lado. Lo vemos también en el rey Acab, que tenía cuatrocientos profetas diciéndole lo que quería oír, y uno solo, Micaías, a quien aborrecía «porque nunca me profetiza bien» (1 Reyes 22:8). Pero quiero detenerme en otra escena, la de Jeremías 28.
Dos profetas en el templo
Judá ya había sentido la mano de Babilonia. Nabucodonosor se había llevado los tesoros del templo, al rey Joaquín y a miles de príncipes y ciudadanos; entre los cautivos iban Daniel y Ezequiel. Dios le había dicho a Jeremías que el cautiverio duraría setenta años, y que la manera de vivir era someterse al yugo de Babilonia. Para ilustrarlo, el profeta andaba por Jerusalén con un yugo de madera sobre el cuello (Jeremías 27:2).

Entonces se levantó Hananías en el templo, delante de los sacerdotes y de todo el pueblo, y dijo: «Así habló Jehová… Quebranté el yugo del rey de Babilonia. Dentro de dos años haré volver a este lugar todos los utensilios de la casa de Jehová» (Jeremías 28:2-3). Usaba el nombre de Dios, hablaba en el lugar santo y anunciaba exactamente lo que el rey y el pueblo querían oír. No setenta años: dos. Los que así profetizaban, como escribí hace tiempo, daban falsas expectativas al pueblo.
Jeremías responde con prudencia
Lo que hizo Jeremías me parece admirable. No gritó ni lo descalificó. Dijo: «Amén, así lo haga Jehová» (Jeremías 28:6). Él también habría querido que fuera cierto. Luego recordó cómo se reconoce a un profeta verdadero:
«Los profetas que fueron antes de mí y antes de ti en tiempos pasados, profetizaron guerra, aflicción y pestilencia contra muchas tierras y contra grandes reinos. El profeta que profetiza de paz, cuando se cumpla la palabra del profeta, será conocido como el profeta que Jehová en verdad envió».
Jeremías 28:8-9
Hananías le quitó el yugo del cuello y lo quebró delante de todos. ¿Y Jeremías? «Siguió Jeremías su camino» (Jeremías 28:11). No se enfrascó en una discusión pública. Guardó silencio y esperó a que Dios hablara. Defender la verdad no siempre significa ganar el debate en el momento; a veces significa callar con prudencia y dejar que Dios respalde su palabra.
Yugos de madera, yugos de hierro
Y Dios habló. Le mandó decir a Hananías: «Yugos de madera quebraste, mas en vez de ellos harás yugos de hierro» (Jeremías 28:13). La falsa profecía no quitó el problema; lo agravó. El pueblo que creyó que en dos años todo se arreglaría dejó de prepararse para lo que venía. Y Hananías murió ese mismo año, como Dios le dijo (Jeremías 28:16-17).
Así funciona el mensaje que solo dice lo que queremos oír. Es como un médico que, para no preocupar al paciente, le dice que no tiene nada. El paciente se va contento, pero la enfermedad sigue avanzando. Dios lo denunció por medio de Jeremías: «curan la herida de mi pueblo con liviandad, diciendo: Paz, paz; y no hay paz» (Jeremías 6:14).
Cómo reconocerlos hoy
La Escritura nos da criterios claros. El primero es el cumplimiento: si lo que se anunció en nombre de Dios no se cumple, «esa es palabra que Jehová no ha hablado» (Deuteronomio 18:22). El segundo es más fino: aunque una señal se cumpla, si el mensaje aparta de Dios, no viene de Él (Deuteronomio 13:1-3). Y el tercero tiene que ver con el contenido: el profeta verdadero llama a volverse a Dios; el falso promete bendición sin arrepentimiento.
Hoy los vemos en formas nuevas: mensajes de pura sugestión mental, como «decláralo y será tuyo» o «visualiza tu milagro», y promesas fáciles a quien más da. Son oportunistas: se aprovechan de las circunstancias y de la necesidad de la gente, y a río revuelto, ganancia de pescadores. En cada tragedia proliferan, como lo vimos en la pandemia. Pablo lo anunció:
«Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas».
2 Timoteo 4:3-4
Fíjate quién «se amontona» los maestros: no son ellos los que llegan solos, es la gente la que los busca.
Para cerrar
No todo el que se equivoca es un engañador; todos podemos errar, y el trato con los demás debe ser amable. Pero sí debemos examinar lo que escuchamos. Y quizá la primera pregunta no es ¿quién es falso profeta?, sino ¿qué quiero yo oír?
El mensaje de Jeremías era duro, pero no era un mensaje sin esperanza. Al mismo pueblo cautivo le escribió: «Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis» (Jeremías 29:11). La diferencia es que esa paz pasaba por la verdad. El falso profeta ofrece optimismo; Dios ofrece esperanza.
Para reflexionar:
- ¿Busco mensajes que me confronten con la Palabra o solo los que me hacen sentir bien?
- ¿Qué «yugo de madera» me gustaría que alguien me quitara, aunque Dios me lo haya puesto para mi bien?
- Cuando alguien anuncia algo en nombre de Dios, ¿lo examino a la luz de la Escritura?
Enrique Moore
En la próxima entrega: El error de Balaam (Apocalipsis 2:12-17). Dos doctrinas que Jesús reprendió en la iglesia de Pérgamo y que siguen vivas.

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